Historias
El legado, la aceptación y el camino propio
Todo lo que nos pasa muchas veces tiene un sentido más profundo. Desde que nacemos, somos genuinos, con dones únicos por experimentar. A medida que crecemos, la familia, el entorno y la sociedad nos van moldeando como piezas para ser utilizadas, desprovistas de sentir la vida y, sobre todo, de habitar nuestra propia existencia.
Nuestros padres llegan con heridas no reconocidas, tapadas, negando el dolor que sienten. En mi caso, las historias familiares de abandono, falta de amor e injusticia no fueron casuales. El encuentro entre mis padres, con sus historias tan parecidas, tampoco lo fue.
¿Cómo podrían gestionar su maternidad y paternidad si sus infancias estaban rotas y llenas de un desamor inimaginable? Sin embargo, cada uno hizo lo que pudo, heridos, pero con ganas de vivir una nueva historia, su historia. Tanto mi madre como mi padre continuaron este viaje de formar una familia. Al nacer yo, sus vidas se transformaron. Hicieron lo mejor que pudieron, aunque muchas veces no era lo que yo deseaba. A pesar de mi corta edad, era –y soy– muy creativa. Sus dudas y miedos crearon dentro de mí patrones que apagaron mis sueños y virtudes, reflejo de sus propias heridas no sanadas.
Es imposible amar cuando el desamor y el abandono fueron parte de tu historia. Amores con prejuicios, que vulneran, que no respetan. Amar sin ser correspondido. Amar y ser juzgado, ocultándose detrás de una máscara para ser aceptado por una sociedad. Como mi padre, que se casó para pertenecer a un mundo que condenaba el amor entre dos hombres.
Mi padre tuvo una infancia criado por mi abuelo, mi abuela y la tía Carlina, luego educado en uno de los mejores colegios de Mendoza, lejos del calor de una madre que ejercía la prostitución. Recibió una educación excepcional, pero su realidad interior estaba llena de cicatrices que aún desconocía.
Mi madre fue internada en un colegio pupilo en Lanús tras la muerte de su padre. A los ocho años, fue llevada de Catamarca y entregada por mi abuela, quien no podía hacerse cargo. Su cuñado la estafó y la dejó en la calle; vivió entonces con las monjas en Catamarca, donde solo veía a mi abuela y a mi tío pequeño. ¿Cómo se siente una niña abandonada, exiliada del amor de su madre y huérfana de padre? Ella era mi madre, llena de heridas.
Ambos hicieron lo que pudieron al criarme, y les agradezco que hicieran posible mi existencia. Lo que soy hoy es mi responsabilidad; no los juzgo. Yo, como madre, también hice lo que pude desde mis propias heridas y los abusos intrafamiliares que sufrí a temprana edad. Vivir siempre de casa en casa, con mudanzas constantes, hizo que no pudiera encariñarme con lugares ni amigos, y tuve una infancia marcada por el desapego. Crecí con miedo y en una profunda soledad.
Cuando al fin parecía que todo se estabilizaba, a mis quince años murió mi padre. Fue una tragedia: se descompensó en la cancha de Racing, lo trasladaron al Hospital Fiorito y falleció de un paro cardíaco. Una sombra que ya había tocado a otros en la familia paterna: mi abuelo, mis tías… todos murieron de lo mismo.
El vacío que dejó su ausencia me devastó. Fue como morir con él: sin palabras, sin poder expresar mi dolor, anestesiando lo que sentía y enterrando mis vivencias en el silencio.
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