Abuelazgo
Hoy, mientras jugaba con mi nieta
Hoy, mientras jugaba con mi nieta, me inundaron emociones y sensaciones llenas de magia. Junto a ella estoy resignificando el abuelazgo. Ahora, jubilada, dosifico mi tiempo y disfruto de todo lo que amo.
De pronto, me invadió un recuerdo de mi niñez, cuando vivía en una casa muy antigua, con pisos de muchas habitaciones largas y angostas. Las celosías hacían de ventanas y puertas. Ahí vivíamos junto a la familia paterna. Hoy recordé cuando subía al último piso, donde vivía una abuela de largos cabellos canosos, siempre con delantal y olor a comida. En su pequeño cuarto había aromas dulces.
Con mi corta edad —pues comencé a caminar a los nueve meses—, iba sola a su hogar. En él había una pequeña cama, una mesa, una silla, y lo que más me llamaba la atención: una ventana redonda sobre aquel último piso de estilo francés. Desde allí podía observar la majestuosa ciudad de Buenos Aires. Enfrente estaba —y sigue estando— el Teatro San Martín. El edificio desapareció, pero no esas tardes tan bellas.
Esa abuela de corazón me preparaba un pan con una riquísima mermelada. Todavía guardo el registro de lo que sentía, y mi corporalidad me traduce todo el amor que ella me brindaba.
Hoy, en mi hogar, en un espacio pequeño, he recreado inconscientemente ese lugar. Hasta tengo una ventana redonda y una reja hecha a fragua del siglo pasado. Cuántos momentos, cuántas historias nos transportan objetos, lugares, aromas, sabores, música… O tan solo observar el cielo, como lo hacía yo entonces, sentada sobre esa mesa, teniéndolo todo para mí.
Hoy, cuando miro ese mismo cielo, me da mucha paz. Como adulta, reconozco que mi niña fue amada por esa abuela del corazón. Dondequiera que esté, gracias.

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